EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 17. Las "Jornadas de abril", de la Historia de la Revolución Rusa

      The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.

      Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 265-282.

      Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 20 de abril de 1998.

      Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.



      El 23 de marzo entraban en la guerra los Estados Unidos. Era el mismo día en que Petrogrado enterraba a las víctimas de la revolución de Febrero. Aquella manifestación luctuosa, pero solemne y luminosa, en el fondo, fue el grandioso acorde final de la sinfonía de los cinco días. Todo el mundo acudió al entierro: los que habían combatido al lado de los caídos, como los que querían evitar la lucha; probablemente, también los que les habían matado y, sobre todo, los que habían quedado al margen de la contienda. Obreros, soldados, gente humilde de la ciudad, estudiantes, ministros, embajadores, respetables burgueses, periodistas, oradores, los jefes de todos los partidos... Desde los suburbios, iban llegando al campo de Marte soldados y obreros, llevando a hombros los ataúdes rojos. Cuando empezaron a depositar los féretros en la tumba, en la fortaleza de Pedro y Pablo sonó el estampido de la primera salva, estremeciendo a las inmensas masas populares. Los cañones sonaban de una manera nueva para el pueblo: ¡son nuestros cañones, nuestras salvas! La barriada de Viborg acudió con cincuenta y un ataúdes rojos. No era más que una parte de las víctimas, de que se enorgullecía aquel barrio de trabajadores. En el desfile de los obreros de Viborg, que era el grupo más compacto, se destacaban numerosas banderas bolcheviques. Pero ondeaban pacíficamente al lado de las otras. Sólo quedaron en el campo de Marte los miembros del gobierno, del Soviet y de la Duma nacional, difunta ya, pero que no se resignaba a ser enterrada. Durante el día desfilaron por delante de las tumbas, con banderas y músicas, sus buenas ochocientas mil personas. Y aunque los más altos prestigios militares habían dado por sentada que una masa humana como aquélla no podría desfilar en el tiempo señalado sin que se produjeran el mayor de los caos y los tumultos más funestos, la manifestación discurrió en un orden completo, característico de las manifestaciones revolucionarias en que domina la satisfacción de la gran obra iniciada, unida a la esperanza de un cambio más favorable para el futuro. Este estado de espíritu, y sólo exclusivamente él, era el que se encargaba de mantener el orden, pues, por entonces, la organización era aún débil, inexperta y tenía poca seguridad en sí misma.

      Podría pensarlo que ya el solo hecho de aquel entierro refutaba cumplidamente la leyenda relativa a la revolución incruenta. Sin embargo, el ambiente que reinaba en la ceremonia reproducía, en parte, la atmósfera de los primeros días de la revolución, en que aquella leyenda se había engendrado.

      Veinticinco días después -durante ese plazo, el Soviet había adquirido mucha más experiencia y seguridad en sí mismo-, tuvo lugar la fiesta del Primero de Mayo, en la fecha marcada por el calendario occidental (18 de abril, según el viejo cómputo). En todas las ciudades del país se celebraron mítines y manifestaciones. No sólo se holgó en los establecimientos industriales, sino también en las oficinas públicas del Estado, municipales y provinciales. En Mohilev, donde se hallaba el Cuartel general, desfilaron, al frente de la manifestación, los Caballeros de San Jorge. La columna del Cuartel general, en la que formaban los generales zaristas no destituidos, iba también en la manifestación, con un cartel alusivo al Primero de Mayo. La fiesta antimilitarista y proletaria se fundía con una manifestación patriótica, teñida un poco de revolucionarismo. Cada sector de población ponía en la fiesta su nota peculiar, y todas ellas se fundían, formando un conjunto harto difuso y bastante falso, aunque, en general, grandioso.

      En la fiesta de las dos capitales y en los centros industriales, dominaban los obreros, y en la masa de éstos se destacaban ya claramente -con sus banderas, sus cartelones, sus discursos y sus ritos- los fuertes núcleos bolcheviques. En la inmensa fachada del palacio de Marinski, albergue del gobierno provisional, se extendía una insolente faja roja, con esta inscripción: «¡Viva la III Internacional!» Las autoridades, que no se habían curado aún del pudor administrativo que todo el mundo estaba de fiesta. El ejército de operaciones celebró el Primero de Mayo como pudo, y del frente se recibían noticias dando cuenta de asambleas, discursos, banderas y canciones revolucionarias en las trincheras. También en las fronteras alemanas encontraba eco la fiesta obrera.

      La guerra no tocaba a su fin; lejos de ello, ensanchaba su círculo. Pocos días antes, el mismo precisamente en que se enterraban las víctimas de la revolución, se lanzaba a ella todo un continente, para imprimirle nuevo impulso. Entre tanto, en todos los ámbitos de Rusia los prisioneros de guerra tomaban parte en las manifestaciones al lado de los soldados, bajo banderas comunes, y a veces entonando el mismo himno en varios idiomas. En aquella inmensa fiesta, semejante a una inundación que sumergía los rasgos distintos de las diferentes clases, partidos e ideas, el desfile en común de los soldados rusos y los prisioneros austroalemanes era un hecho bastante esperanzador y elocuente, que permitía pensar que la revolución, a pesar de todo, despertaba un mundo mejor.

      La fiesta del Primero de Mayo, lo mismo que el entierro de las víctimas, transcurrió en medio del mayor orden, sin choques ni víctimas, como una solemnidad de carácter nacional. Sin embargo, un oído atento hubiera podido ya percibir, sin dificultad, en las filas de los obreros y de los soldados, notas de impaciencia y hasta de amenaza. La vida se hacía cada vez más difícil. En efecto, los p recios subían de un modo aterrador, los obreros exigían un salario mínimo, los patronos se resistían, el número de conflictos en las fábricas aumentaba sin interrupción. Empeoraba la situación, desde el punto de vista de las subsistencias se reducía la ración de pan, todo se racionaba, hasta el arroz. Crecía también el descontento de la guarnición; el mando de la región sacaba de Petrogrado a los regimientos más revolucionarios. En la Asamblea general de la guarnición, celebrada el 17 de abril, los soldados, que adivinaban los propósitos hostiles del mando, plantearon la necesidad de oponerse a la salida de los regimientos. En adelante, esta reivindicación surgirá en términos cada vez más decididos a cada nueva crisis de la revolución. Pero la raíz de todas las calamidades era la guerra, cuyo fin no se veía. ¿Cuándo traerá la paz la revolución? ¿Qué piensan de esto Kerenski y Tsereteli? Las masas prestaban un oído cada vez más atento a lo que decían los bolcheviques, les miraban de reojo, en actitud expectante, unos en tesitura medio hostil, otros con confianza ya. Bajo la solemne disciplina de aquel día de fiesta, el estado de espíritu se hallaba en tensión y las masas fermentaban. Sin embargo, nadie, ni aun los autores del cartelón del palacio de Marinski, suponían que los dos o tres días siguientes desgarrarían ya de un modo implacable el ropaje de la unidad nacional de la revolución. Los magnos acontecimientos, que muchos sabían inevitables, pero que nadie esperaba para tan pronto, produjéronse inesperadamente. El impulso partió de la política exterior del gobierno provisional, es decir, del problema de la guerra. Fue Miliukov quien acercó la cerilla a la mecha.

      La historia de la cerilla y de la mecha es la siguiente. El día en que entraron los Estados Unidos en la guerra, el ministro de Negocios Extranjeros del gobierno provisional, animado por este hecho, desarrolló ante los periodistas su programa: ocupación de Constantinopla y de Armenia, reparto de Austria y Turquía, ocupación de la Persia septentrional y, luego, naturalmente, derecho de los pueblos a decidir soberanamente de sus destinos. «En todas sus manifestaciones -así presenta el Miliukov historiador al Miliukov ministro- subrayaba decididamente los fines pacifistas de la guerra emancipadora, pero estableciendo siempre una estrecha conexión entre ellos y los objetivos nacionales y los intereses de Rusia.» La interviú tranquilizó a los conciliadores. «¿Cuándo se emancipará de toda falsía la política exterior del gobierno provisional? -se preguntaba, indignado, el diario de los mencheviques-. ¿Por qué el gobierno provisional no exige aliados que renuncien abierta y decididamente a las anexiones?» Esta gente consideraba como una nota falsa el lenguaje sincero de las aves de rapiña, y estaba dispuesta a ver en el disfraz pacifista de sus apetitos la ausencia de toda falsía. Asustado ante la excitación nerviosa de la democracia, Kerenski se apresuró a declarar, por medio de la Oficina de Prensa, que el programa de Miliukov no hacía más que expresar la opinión personal de éste. Por lo visto, se consideraba como un detalle casual que el autor de la «opinión personal» fuese, precisamente, el ministro de Negocios Extranjeros.

      Tsereteli, que poseía el talento de saber reducir todos los problemas a lugares comunes, insistió en la necesidad de que el gobierno declarara que la guerra tenía para Rusia un carácter exclusivamente defensivo. La resistencia de Miliukov y, en parte, de Guchkov, fue vencida, y el 27 de marzo el gobierno hizo pública una declaración, en que se decía que «el fin perseguido por la Rusia libre no es la dominación sobre los demás pueblos, ni se aspira a despojarles de sus bienes nacionales, ni a apoderarse de territorios ajenos»; pero «que se respetarían todos los compromisos contraídos con nuestros aliados». De este modo, los reyes y los profetas del doble poder anunciaban su propósito de instaurar el paraíso, aliados a los criminales y malhechores. Entre otras cosas, aquellos caballeros carecían del sentido del ridículo.

      La declaración del 27 de marzo fue muy bien acogida por toda la prensa conciliadora, entre la cual se contaba la Pravda, de Kámenev-Stalin, que cuatro días antes de llegar Lenin a Petrogrado decía en su artículo de fondo: «El gobierno provisional ha declarado, ante todo el mundo, de un modo claro y concreto, que el fin perseguido por la Rusia libre no es la dominación sobre otros pueblos», etc. La prensa inglesa interpretó inmediatamente, y con gran satisfacción, la renuncia de Rusia a las anexiones, como una renuncia a Constantinopla, pero sin disponerse, por su parte, naturalmente, ni en lo más mínimo, a hacer extensiva la fórmula de Gran Bretaña. El embajador ruso en Londres dio la voz de alarma y exigió que Moscú hiciera una aclaración, en el sentido de que Rusia no adoptaba el principio «la paz sin anexiones de un modo incondicional, sino sólo en la medida en que no se hallase en contradicción con nuestros intereses vitales». No era otra, en efecto, la fórmula de Miliukov: prometer que no se robaría aquello que no necesitáramos. A la inversa de Londres, París no sólo sostuvo a Miliukov, sino que le alentó, inspirándole, por medio de Paléologue, su embajador, la necesidad de abrazar, una política más decidida respecto al Soviet.

      Ribot, a la sazón primer ministro francés, fuera de sí por aquellas deplorables letanías que llegaban de Petrogrado, preguntó a Londres y Roma «si consideraban o no necesario invitar al gobierno provisional a poner fin a todo equívoco». Londres contestó que sería prudente «conceder a los socialistas franceses e ingleses, enviados a Rusia, el tiempo necesario para influir sobre sus correligionarios rusos».

      El envío de los socialistas aliados a Rusia se hizo por iniciativa del Cuartel general ruso, o, lo que es lo mismo, del viejo generalato zarista. «Confiábamos en él -escribía Ribot, refiriéndose a Albert Thomas- para dar alguna firmeza a las resoluciones del gobierno provisional.» Por su parte, Miliukov se lamentaba de que Thomas mantuviera un contacto excesivamente estrecho con los jefes del Soviet. Ribot contestó que Thomas «se esforzaba sinceramente» en mantener el punto de vista de Miliukov, pero prometía excitar a su embajador a prestar un apoyo todavía más activo.

      La declaración del 27 de marzo, completamente vacua, intranquilizó a todos los aliados, que vieron en ella una concesión al Soviet. Desde Londres amenazaron con perder la fe «en la potencia guerrera de Rusia». Paléologue se lamentó de la «timidez y el carácter indefinido» de la declaración. No necesitaba más Miliukov. Confiando en la ayuda de los Aliados, entregóse a un juego arriesgado, que excedía en mucho en sus recursos. Su idea fundamental era dirigir la guerra contra la revolución, y el objetivo inmediato que para ello se proponía, la desmoralización de la democracia. Pero, precisamente por el mes de abril, empezaron los conciliadores a manifestar una nerviosidad y una agitación cada vez mayores en las cuestiones relativas a política exterior, pues las masas ejercían una presión cada vez más fuerte sobre ellos. El gobierno tenía necesidad de un empréstito de paz, pero no un empréstito de guerra. Había que entreabrir ante ellas aunque no fuera más que la apariencia de una perspectiva de paz.

      Tsereteli, aplicando su salvadora política de lugares comunes, propuso que se exigiera del gobierno provisional la entrega a los Aliados de una nota análoga a la declaración de política interior del 27 de marzo. En pago de esto, el Comité ejecutivo se comprometía a hacer que el Soviet votase a favor del «Empréstito de la Libertad». Miliukov accedió al trato -dame el empréstito y te daré la nota-; pero decidiendo explotarlo en su interés y con usura. La nota, bajo apariencia de interpretar aquella declaración, lo que hacía, en realidad, era desautorizada, haciendo hincapié en que las frases pacifistas del nuevo régimen no daban «ni el menor pretexto para creer que la revolución haya podido quebrantar en lo más mínimo el papel de Rusia en la lucha común junto a los aliados. Muy al contrario, la aspiración popular a llevar la guerra mundial hasta el triunfo decisivo no ha hecho otra cosa que robustecerse»... Más adelante, la nota expresaba el convencimiento de que los vencedores «encontrarán los medios de obtener las garantías y sanciones necesarias para evitar, en el porvenir, nuevos choques sangrientos». Aquello de las «garantías» y las «sanciones», interpolado en la nota a instancias de Albert Thomas, no significaba, en el lenguaje de la diplomacia, sobre todo de la francesa, otra cosa que «anexiones» e «indemnizaciones». El día Primero de Mayo, Miliukov transmitió telegráficamente su nota, dictada por los diplomáticos aliados, a los gobiernos de la Entente, hecho lo cual se envió al Comité ejecutivo, al mismo tiempo que a los periódicos rusos. El gobierno prescindió de la Comisión de enlace, y los líderes del Comité ejecutivo se vieron reducidos a la situación de ciudadanos rusos. Y aunque los conciliadores no leyesen en la nota nada que no hubieran oído antes de labios de Miliukov, no podían dejar de ver en ella un acto premeditado de hostilidad. Aquella nota los desarmaba ante las masas y los colocaba ante el trance de optar, sin mas devaneos, entre el bolchevismo y el imperialismo. ¿Era éste, realmente, el fin que perseguía Miliukov? Todo hace suponer que no se reducía a eso, que su designio iba más allá.

      Ya desde el mes de marzo, Miliukov intentaba, con todas sus fuerzas, resucitar el desdichado proyecto de ocupación de los Dardanelos, mediante un desarrollo de tropas rusas, y sostuvo frecuentes negociaciones con el general Alexéiev, a fin de persuadirle de que realizara enérgicamente la operación, que, a su juicio, colocaría ante un hecho consumado a la democracia, que protestaba contra las anexiones. La nota del 18 de abril implicaba un desembarco análogo de las fuerzas de Miliukov en las orillas mal defendidas de la democracia. Las dos acciones, la militar y la política, se contemplaban y, en caso de éxito, se justificaban mutuamente. Generalmente, a los vencedores no se les juzga. Pero Miliukov no estaba llamado a ser vencedor. Para el desembarco hacían falta doscientos o trescientos mil soldados. La empresa fracasó por una menudencia: la negativa de los soldados, dispuestos a defender la revolución, pero no a atacar. Fracasado el proyecto de Miliukov respecto a los Dardanelos, esto echó por tierra todos sus propósitos ulteriores, que, hay que reconocerlo, no estaban mal calculados..., a condición de vencer.

      El 17 de abril tuvo lugar, en Petersburgo, una macabra manifestación patriótica de inválidos: una muchedumbre inmensa de heridos de los hospitales de la capital, amputados, sin piernas, sin brazos, vendados, avanzó hacia el palacio de Táurida. Los que no podían andar eran llevados en camiones. En las banderas se leía: «Guerra hasta el fin.» Era una manifestación desesperada de los desperdicios humanos de la guerra imperialista, que querían que la revolución reconociera como inútiles los sacrificios realizados por ellos. Pero detrás de los manifestantes acechaba el partido kadete o, más exactamente, Miliukov, que estaba preparando para el día siguiente su gran golpe.

      En la sesión extraordinaria del 19 por la noche, el Comité ejecutivo examinó la nota enviada el día anterior a los gobiernos aliados. «Después de su primera lectura -cuenta Stankievich-, todo el mundo reconoció unánimemente y sin discusión que no era aquello, ni mucho menos, lo que el Comité esperaba.» Pero como de la nota respondía el gobierno en conjunto, sin excluir a Kerenski, era necesario, ante todo, salvar al gobierno. Tsereteli se puso a «descifrar» la nota, no cifrada, y a descubrir en la misma aspectos insospechados. Skobelev demostró, con gran profundidad de espíritu, que no se podía exigir siempre una «conciencia absoluta» entre las aspiraciones de la democracia y las del gobierno. Aquellos prudentes varones se estuvieron exprimiendo los sesos hasta de madrugada, pero no encontraron ninguna solución. Al amanecer, se volvieron a sus casas, citados para unirse nuevamente horas después. Por lo visto confiaban en la virtud del tiempo para curar todas sus heridas.

      Por la mañana la nota apareció en todos los periódicos. El Riech la comentó en términos de provocación muy bien meditados. La prensa socialista Rabochaya Gazeta, en el que aún no se habían disipado, después de las intervenciones de Tsereteli y Skobelev, los vapores de la excitación nocturna, decía que el gobierno provisional había publicado un «documento que representaba un escarnio para las aspiraciones de la democracia» y exigía del Soviet la adopción de medidas decididas «a fin de evitar sus terribles consecuencias». En estas frases dejábase sentir, de un modo muy claro, la presión creciente de los bolcheviques.

      El Comité ejecutivo reanudó la sesión, pero sólo para persuadirse, una vez más, de que era incapaz de llegar a ninguna decisión. Se acordó convocar un pleno extraordinario del Soviet «para información»: en realidad, para pulsar el grado de descontento de las masas y dar tiempo a las propias vacilaciones. En el intervalo, proyectábanse toda suerte de reuniones de enlace destinadas a liquidar la cuestión.

      Pero en aquel ajetreo habitual del doble poder vino a terciar inesperadamente una tercera fuerza. Las masas se echaron a la calle con las armas en la mano. Entre las bayonetas de los soldados brillaban las letras de los cartelones: «¡Abajo Miliukov!» En otros cartelones aparecía también el nombre de Guchkov. Parecía mentira que aquellos hombres soliviantados fueran los pacíficos manifestantes del Primero de Mayo.

      Los historiadores califican de «espontáneo» este movimiento, en el sentido de que ninguno de los partidos asumió su iniciativa. La invitación material a salir a la calle partió de un tal Linde, que con sólo esto estampó su nombre en la historia de la revolución. «Linde, que era un sabio, un matemático, un filósofo», se hallaba al margen de todo partido, había abrazado con toda su alma la revolución y ansiaba ardientemente que ésta cumpliera sus promesas. La nota de Miliukov y los comentarios del Riech le indignaron.» «Sin consultar con nadie... -cuenta su biógrafo puso inmediatamente manos a la obra..., se fue al regimiento de Finlandia, reunió al Comité y propuso que el regimiento se dirigiera inmediatamente al palacio de Marinski... La proposición de Linde fue aceptada, y a las tres de la tarde, desfilaba ya por las calles de Petrogrado una manifestación imponente de soldados del regimiento de Finlandia llevando carteles provocativos.» Siguiendo el ejemplo del regimiento de Finlandia, echándose a la calle los soldados del regimiento de reserva 180, del de Moscú, del de Pavl, del de Keksgalin, los marineros de la segunda tripulación de la escuela del Báltico, hasta veinticinco a treinta mil hombres en total, todos armados. En los barrios obreros se produjo una gran agitación: cesó el trabajo, y las fábricas, siguiendo el ejemplo de los regimientos, se lanzaron a la calle.

      «La mayoría de los soldados no sabían a qué había venido», afirma Miliukov, como si realmente hubiera tenido tiempo para interrogarlos. «Además de los soldados, tomaban parte en la manifestación jovenzuelos obreros, que declaraban en voz alta [¡!] que les habían dado a razón de diez y quince rublos por ir allí.» La fuente del dinero no podía ser más clara: «Alemania había exigido derechamente la separación de los dos ministros (Miliukov y Guchkov).» Miliukov no dio esta profunda explicación en el momento en que la lucha de abril se hallaba en su apogeo, sino tres años después de la revolución de Octubre, la cual se encargó de demostrar con suficiente claridad que no hacía falta que nadie pagara a precio muy alto el odio de las masas populares contra él.

      El carácter agudo que tomó tan de súbito la manifestación de abril se explica por la reacción inmediata de las masas ante el engaño de las alturas. «Mientras el gobierno no consiga la paz, hay que defenderse.» Esto se decía sin entusiasmo, pero con convicción. Dábase por supuesto que en las alturas hacían todo lo posible por obtener la paz. Los bolcheviques afirmaban, cierto es, que el gobierno mantenía la continuación de la guerra con fines de rapiña. Pero no, esto no era posible. ¿Y Kerenski? A los jefes del Soviet les conocemos desde febrero. Fueron los primeros en acudir a los cuarteles; de sobra sabemos que defienden la paz. Además, Lenin llegó de Berlín, mientras que Tsereteli estaba en presidio. Hay que tener paciencia... Al mismo tiempo, en las fábricas y en los regimientos más avanzados iban imponiéndose, cada vez más firmemente, las consignas bolcheviques de la política de paz: publicación de los tratados secretos y ruptura con los planes de conquista de la Entente, proposición abierta de paz inmediata a todos los países beligerantes. La nota del 18 de abril cayó en este terreno moral, complejo y vacilante. ¿Cómo, qué es esto? ¡Ah, de modo que esos señores no apoyan la paz, sino los fines que la guerra perseguía antes! ¡Entonces será inútil que esperemos! ¡Abajo!... Pero ¿abajo quién? ¿Es posible que tengan razón los bolcheviques? No, no puede ser. Pero ¿y la nota? Aquí hay alguien que quiere vender nuestra pelleja a los aliados del zar. Sin más que comparar la prensa de los kadetes y la de los conciliadores, se deducía que Miliukov, defraudando la confianza del país, se aprestaba a practicar una política de conquistas del brazo de Lloyd George y Ribot. El propio Kerenski ha declarado que el atentado contra Constantinopla era «una opinión personal» de Miliukov. Así estalló el movimiento.

      Pero éste no era homogéneo. Algunos elementos exaltados del campo revolucionario exageraban las proporciones y la madurez política del movimiento cuanto más larga e inesperadamente se manifiesta al exterior. Los bolcheviques desarrollaron una labor enérgica en el seno de los regimientos y en las calles. El grito «¡Abajo Miliukov!», que era algo así como el programa mínimo del movimiento, fue completado por ellos con cartelones contra el gobierno provisional en conjunto, con la particularidad de que los distintos elementos interpretaban aquello de un modo distinto también: unos, como consigna de propaganda; otros, como finalidad inmediata. El grito: «¡Abajo el gobierno provisional!», lanzado a la calle por los soldados y marineros armados, deslizó inmediatamente en la manifestación un elemento de insurrección armada. Había grupos considerables de obreros y soldados que se mostraban dispuestos a atacar inmediatamente al gobierno provisional. Fue de ellos de quienes partió la idea de apoderarse del palacio de Marinski, ocupar todas las salidas y detener a los ministros. Para salvarlos fue destacado Skobelev, quien cumplió eficacísimamente con su misión, cosa no difícil, pues resultó que en el palacio de Marinski no había nadie. Debido a la enfermedad de Guchkov, el gobierno estaba reunido en su domicilio particular. Pero no fue este azar el que salvó a los ministros de la detención, peligro que, por otra parte, no les amenazaba seriamente. Aquel ejército de veinticinco o treinta mil soldados, que se echó a la calle dispuesto a luchar contra la continuación de la guerra, era más que suficiente para derribar a un gobierno más sólido que el presidido por el príncipe Lvov. Pero no era éste el fin que se proponían los manifestantes. En el fondo, no querían más que esgrimir el puño amenazador y asomarlo por la ventana para que aquellos encopetados caballeros no siguieran afilando los dientes, con la vista puesta Constantinopla, y se dedicaran a preparar la paz, como era su obligación. Con esto, los candorosos soldados creían ayudar a Kerenski y Tsereteli contra Miliukov.

      Mientras el gobierno estaba reunido, llegó el general Kornílov, quien dio cuenta de las manifestaciones armadas que se estaban desarrollando y declaró que, en calidad de jefe de las tropas de la región militar de Petrogrado, disponía de fuerza suficiente para sofocar el movimiento a mano armada; y que si no hacía nada era esperando órdenes concretas. Kolchak, que asistía casualmente a la reunión del gobierno, contó más tarde, en el proceso que precedió a su fusilamiento, que el príncipe Lvov y Kerenski se habían mostrado contrarios a las tentativas de represión armada contra los manifestantes. Miliukov no se pronunció de un modo directo, pero resumió la situación diciendo que los señores ministros podían, naturalmente, razonar como les pluguiera, aunque esto no impedía que les metieran en la cárcel. No podía caber la menor duda de que Kornílov obraba en connivencia con los dirigentes del partido kadete.

      A los líderes conciliadores no les fue difícil conseguir que los soldados manifestantes se retirasen de la plaza situada frente al palacio de Marinski y aun que se reintegrasen a sus cuarteles. Sin embargo, la agitación que se había promovido en la ciudad no cedía. Por todas partes se congregaban grandes muchedumbres y se celebraban mítines, se discutía en todas las esquinas, en los tranvías los viajeros se dividían en partidarios y en adversarios de Miliukov. En los suburbios, en los barrios obreros, los bolcheviques esforzábanse en hacer extensiva al gobierno en pleno la indignación suscitada por la nota y por su autor.

      A las siete de la tarde, se reunió el pleno del Soviet. Los oradores no sabían qué decir al auditorio, que se hallaba en un estado de gran exaltación. Cheidse habló exactamente para decir que después de la reunión se celebraría una entrevista con el gobierno provisional. Chernov intimidaba con la perspectiva de la guerra civil. Federov, obrero metalúrgico, miembro del Comité central de los bolcheviques, replicó que la guerra civil era ya un hecho y que lo único que tenían que hacer los soviets era apoyarse en ella y adueñarse del poder. «En aquel entonces, éstas eran todavía palabras inauditas y terribles -dice Sujánov-, y los bolcheviques no habían encontrado antes ni habían de volver a encontrar mucho tiempo después en el Soviet.»

      Sin embargo, la nota saliente de la reunión fue, inesperada para todos, el discurso del liberal-socialista Stankievich, uno de los hombres de confianza de Kerenski: «¿Qué necesidad tenemos, compañeros, de «atacar»? -preguntó-. ¿Contra quién habíamos de emplear la fuerza? ¿Habéis olvidado, acaso, que la fuerza sois vosotros y las masas que os siguen?... Mirad, ahora son las siete menos cinco (Stankievich apunta con la mano al reloj que hay en la pared, y toda la sala se vuelve hacia él). Tomad el acuerdo de que el gobierno provisional dimita, comunicaremos nuestra decisión por teléfono y, a las siete, estad seguros de que habrá depuesto sus poderes. ¿Qué necesidad hay de acudir a la violencia, al ataque, a la guerra civil?» En la sala suena una salva de aplausos clamorosos con gritos de entusiasmo. El orador quiso, indudablemente, asustar al Soviet sacando una consecuencia extrema de la situación creada; pero con su discurso no consiguió más que asustarse a sí mismo. La verdad, tan inconscientemente lanzada, acerca de la fuerza de los soviets puso a la asamblea por encima del lastimosos nivel de la actuación de los dirigentes, a quienes lo único que les preocupaba era que el Soviet no tomara ninguna resolución. «¿Y quién va a reemplazar al gobierno? -objetó uno de los oradores contestando a los aplausos-. ¿Nosotros? ¡Pero si nos tiemblan las manos!...» No podía trazarse mejor característica de aquellos conciliadores, jefes grandilocuentes con manos temblorosas.

      El primer ministro, Lvov, como completando las palabras de Stankievich desde el otro lado, hacía al día siguiente esta declaración: «Hasta ahora, el gobierno provisional se ha visto invariablemente apoyado por el órgano directivo del Soviet. En estas últimas dos semanas... recaen sobre el gobierno ciertas sospechas. En estas condiciones... lo mejor que puede hacer el gobierno provisional es marcharse.» Estas palabras confirman, una vez más, cuál era la constitución efectiva de la Rusia de Febrero.

      En el palacio de Marinski celebróse una reunión mixta del Comité ejecutivo y el gobierno provisional. En su discurso de apertura, el príncipe Lvov se lamentó de la campaña desatada por los sectores socialistas contra el gobierno y habló en un tono medio resentido y medio de amenaza de dimitir. Los ministros fueron describiendo las dificultades, cuya acumulación se encargaban ellos de fomentar con todas sus fuerzas. Miliukov, volviéndose de espaldas a la madriguera de charlatanes que era la Comisión de enlace, habló desde el balcón a los manifestantes kadetes: «Al ver aquellos cartelones con el letrero «¡Abajo Miliukov!», no temía por Miliukov, sino por Rusia.» Así nos transmite el Miliukov historiador las modestas palabras que el Miliukov ministro pronunció ante la muchedumbre reunida en la plaza. Tsereteli exigió que el gobierno diese una nueva nota. Chernov halló una salida genial, proponiendo a Miliukov para desempeñar la cartera de Instrucción Pública: por lo menos, Constantinopla, como tema de geografía, era harto menos peligrosa que como tema de diplomacia. Sin embargo, Miliukov se negó en redondo a las dos soluciones: ni se recluía en la ciencia ni daría una nueva nota. Los caudillos del Soviet no se hicieron rogar mucho y accedieron a que se «aclarara» la nota anterior. Sólo faltaba encontrar unas cuantas frases cuya falsía apareciera disimulada de un modo suficientemente democrático, y la situación podía darse por salvada. Y, con la situación, la cartera de Miliukov.

      Pero el tercero en discordia, tan inquieto de suyo, no acababa de tranquilizarse. El 21 de abril el movimiento fue más potente que el día anterior. Esta manifestación había sido convocada ya por el Comité local del partido bolchevique. A pesar de la contraagitación desplegada por los mencheviques y los socialrevolucionarios, masas inmensas de obreros avanzaron hacia el centro, partiendo primero e la barriada de Viborg y luego de otros puntos. El Comité ejecutivo destacó a apaciguadores prestigiosos para que saliesen al encuentro de los manifestantes, acaudillados por Cheidse. Pero los obreros querían que se les oyese y no les faltaba qué decir. Un conocido periodista liberal describía, en el Riech, la manifestación de los obreros en la Nevski: «Delante, cerca de un centenar de hombres armados; detrás, las filas compactas de hombres y mujeres no armados -un millar de personas-. Cadenas vivas a ambos lados. Cánticos. Lo que más impresión me produjo fueron sus caras. Aquellas mil personas no tenían más que una sola cara llena de ira: el rostro monacal de los primeros siglos del cristianismo, irreconciliable, decidido, inflexiblemente decidido a llegar al asesinato, a la inquisición y a la muerte.» Este periodista liberal miró la revolución obrera cara a cara y pudo percibir, en un instante, su concentrada decisión. ¡Qué poco se parecían aquellos obreros a los mozalbetes de Miliukov, comprados por Ludendorff a razón de quince rublos diarios!

      En este día, lo mismo que en el anterior, los manifestantes no se echaron a la calle decididos a derribar al gobierno, aunque bien se puede suponer que la mayoría había pensado ya seriamente en ello; hoy, una parte de los manifestantes estaba dispuesta ya a llevar las cosas más allá de los límites del estado de espíritu de la mayoría. Cheidse propuso a la manifestación que se volviese atrás, hacia sus barriadas. Pero los directores contestaron rudamente que los obreros sabían perfectamente, sin que nadie se lo dijese, lo que tenían que hacer. Es un nuevo tono al que Cheidse no está acostumbrado y al que no va a tener más remedio que acostumbrarse durante las semanas siguientes.

      (sigue)
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